lunes, 8 de marzo de 2010

1 - un trabajo de saltatrampas

Este es un día como cualquier otro, me despierto en uno de mis escondites sin nada en los bolsillos y menos aun en el estomago, la ciudad donde vivo es un hervidero de aventureros, mercenarios, caza recompensas y proscritos, en resumen la ciudad donde uno no querría vivir, al menos no de ser una persona a la que referirse como "decente".

Lo único bueno de este lugar, es que con la cantidad de aventureros y caza recompensas que vienen en busca de gloria o simplemente para llenarse los bolsillos es medianamente sencillo conseguir algo de dinero de la bolsa de algún incauto o de hacer algún trabajo para aventureros que necesitan de un ratero por sus habilidades digamos más presentables ante la gente. Personalmente no me gusta hurgar en bolsillos ajenos pero desde crio que ha sido algo que se me da bien, condenadamente bien... demasiado bien, quizás sea por eso por lo que últimamente no consigo un botín apenas pasable.

JODER a la que me ven no tardan nada en aferrar sus bolsas como si dentro se escondieran sus propias pelotas, al menos aprendí cierto truco de la cofradía de Zegal las veces que me he visto obligado a trabajar con ellos, esa vieja rata sí que me da asco, llego hace 30 años a esta ciudad con un grupo de aventureros como un simple saltatrampas, durante el tiempo que estuvo trabajando con ellos consiguió reunir dinero y con el dinero formaba en secreto su propia banda, una vez con su banda formada los instruyo en las técnicas más finas del ladrón y el asesino y a base de traiciones, dudosas alianzas y como no mucha sangre logro hacerse con el control de las calles de esta ciudad. Todos los que viven en los suburbios saben que en su última aventura logro cierto tesoro a costa de sus compañeros, su grupo logro infiltrarse en la fortaleza de un jefe orco que amenazaba al señor de estas tierras el duque Lugger Von Lighton III y este había puesto un precio muy suculento por la cabeza de ese orco y de sus generales, justo cuando los viejos compañeros lograron su cabeza, Zegal les atrajo hacia una emboscada y allí mismo les dio muerte, se dice que lo último que vieron antes de morir es la maliciosa sonrisa del viejo mostrando sus incisivos hechos de oro que le daban aspecto de rata.

con el dinero de la recompensa mas los tesoros que poseían los orcos y todo el dinero, joyas y unos cuantos artefactos mágicos que fue atesorando consiguió hacerse por fin con el control de las calles de la ciudad, si el duque controla estas tierras sin duda esa vieja rata controla esta ciudad, si una aguja callera al suelo el sería el primero en enterarse y si no caía tal y como él quiere enseguida lograría que se arrepintiera de haberse caído, evidentemente como ratero que soy también he tenido encontronazos con sus matones y francamente no quiero volverlos a tener, sus exigencias eran sencillas un 5% de tus ganancias y eras perfectamente libre de hacer lo que quieras exceptuando claro está el meter las narices en sus "negocios" sean cuales fueran, un precio abusivo sí, pero a cambio conseguías una relativa tranquilidad de movimiento y si tenias algún encontronazo con la ley te proporcionaba un sitio para esconderse, el 5% te lo hacían entregar cada día al anochecer, en las calles siempre habían algunos de sus hombres que tanto podrían ser supuestos aventureros o caza recompensas como taberneros o tenderos e incluso se conoce de algún soldado que recibía un sobre-sueldo de la vieja rata por informar o directamente arrestar si lo veía oportuno, de manera que siempre sabían dónde estaban los rateros que no pertenecían a su cofradía o cuantas bolsas habían afanado, por supuesto si tu habilidad o tu rostro era atractivo para el siempre tenias un puesto dentro de su banda, yo mismo he recibido numerosas ofertas de su parte, ofertas he de reconocer que muy generosas pero... no es que tenga lo que se dice muchas ganas de trabajar para él ni mucho menos de ser su juguete nocturno como para unirme a su cofradía, digamos que es algo que prefiero evitar, aun con todas las promesas y lujos que me prometía, que no era precisamente poco, por lo que se sabe de él hay tres cosas en la vida que ansia con fuerzas, una es el oro, otra los jóvenes muchachos y chiquillas cuyo rostro encuentre de su gusto y por ultimo y no menos importante las cosas únicas en el mundo y bueno por lo visto reúno las tres.

Soy un buen ladrón así que hasta ahora he podido llenar mis bolsillos cada día y con ese dinero he podido incluso pasar las noches en la cómoda y caliente cama de una posada, barata eso sí pero posada, al fin y al cabo cuando pasas mucho tiempo durmiendo en el suelo cualquier colchón te hace sentir como si durmieras entre los brazos de una Valkiria, el atractivo... bueno no soy mucho de presumir pero pese a mi juventud estoy orgulloso de que no he tenido que pagar para disfrutar de los encantos de una mujer, el oro no crece en los arboles como para perderlo en una sola noche y bueno... único... digamos que no abundan los humanos de pelo blanco como la nieve virgen, en un principio pensé que quizás fuera hijo de algún hombre de una tribu del norte pero quedo descartado cuando conocí a una mujer de una de esas tribus y mientras que en mi caso solo el pelo de mi cabeza es blanco las cejas y demás son de un color normal, un tono castaño claro, mientras que en las tribus del norte su pelo es blanco en todas partes y remarco TODAS partes, por otra parte mis orígenes no me importan demasiado, nunca he conocido a mis padres y si me dejaron tirado en la calle seguro que tampoco fueran gente a la que merezca la pena conocer,

lo único que sé es que una mujer me recogió de la calle, me cuido hasta los ocho años y que una noche desapareció de golpe. Lo malo es que ni siquiera recuerdo el rostro de aquella mujer, lo único que recuerdo fueron sus palabras el ultimo día que la vi

"vivirás, crecerás, te harás fuerte y algún día veras cosas que jamás nadie habrá visto, lograras hazañas impensables, tienes un gran destino que se te presentara, mantente vivo hasta entonces y luego decidirás"

je, cualquiera diría que fuera a convertirme en un héroe legendario que mata dragones a eructos y barre ejércitos a base de cuescos, francamente no me interesa la vida de héroe, de todos es sabido que los héroes no cobran y sin dinero vuelta a dormir en un frio suelo lleno de mierda y vamos es algo de lo que últimamente me estoy hartando bastante.

Uff algo tengo que hacer, en las calles ya soy demasiado conocido y no logro un botín suficiente, unirme a la vieja rata es algo completamente impensable y bueno los grupos de aventureros que han alquilado mis servicios como saltatrampas han resultado ser siempre unos completos inútiles con los que apenas lograba nada, por regla general los buenos grupos suelen tener ya un saltatrampas al cual conocen desde hace tiempo y del cual tienen una mínima confianza, normalmente solo me contratan grupos de novatos que necesitan a alguien como yo para sus incursiones en mazmorras, ruinas antiguas o fortalezas, o completos novatos idiotas que creen que conseguirán dinero y fama fácilmente metiendo las narices en algo que les queda demasiado grande y necesitan a alguien para completar su grupo y lanzarse al mundo, de todas formas algo tenía que hacer o ya me veía rebuscando entre la basura en busca de algo que llevarme a la boca.

Nada más salir a la calle me encontré a Dabrig un viejo compañero al que hacía tiempo que no veía y bueno tampoco me entusiasmaba demasiado volverle a ver, a diferencia de mi, el ansiaba trabajar para la vieja rata ya que decía que respaldado por la cofradía lograría reunir el suficiente dinero para poder montar su propia cofradía en alguna ciudad vecina y así poder hacerse con el poder y la fortuna que siempre había deseado, por desgracia para el nadie quería estar mucho tiempo cerca suyo, era demasiado propenso a traicionar a los que son demasiado poco discretos como para confesarle algún secreto, sobre todo si ese secreto viene unido a una buena cantidad de oro y precisamente por eso es por lo que la vieja rata nunca le ofreció unirse a la cofradía aunque todos en este mundillo saben que es bueno, jodidamente bueno, durante algún tiempo llegamos incluso a competir por quien conseguía un botín mayor cuando no éramos más que unos críos, una idea estúpida al fin y al cabo viendo los resultados.

Dabrig se dirigió hacia mí con una gran sonrisa, Dios como odiaba cuando sonreía de esa manera, por lo general era su sonrisa de “he conseguido algo bueno y vengo a restregártelo por los morros”.

Me conto que había logrado un trabajo para la cofradía, la recompensa que la vieja rata daba era grande inusualmente grande así que debía ser un asunto realmente serio y también jodidamente peligroso, francamente no entiendo a que venía tanta excitación, vale que nuestro trabajo siempre ha sido peligroso pero tampoco es el caso de lanzarse a la boca de un dragón por unas monedas.

Después de desearle suerte se fue a toda prisa mientras murmuraba para algo para sí sin dejar esa estúpida sonrisa, yo por mi parte me tocaba intentar conseguir por enésima vez aunque sea unas pocas monedas de cobre suficientes para al menos comer hoy.

Primero me estuve un rato paseando por la calle del mercado, como ya paso la última vez que pase por allí a la que una tendera me vio dio la alarma y tuve que salir de allí corriendo perseguido por tenderos y algunos clientes a los que por lo que parecía por sus caras que algún otro ya había dado buena cuenta de sus bolsas y me tocaba pagarlo a mí, lo sé, soy un idiota por acercarme tan descaradamente a una zona de caza para muchos rateros, pero qué coño, tenía hambre y a estas horas de la mañana me conformaba mas con hurtar un par de manzanas que las escasas monedas que pudieran llevar ese atajo de idiotas, hay sitios mucho mejores para conseguir bolsas mas llenas, eso sí aún era pronto para ello.

Justo al girar mi cuarta esquina para ver si despistaba a mis perseguidores una mano tiro de mí y me metió dentro de una casa, por un momento me temí que ya me habían atrapado y el castigo por robo en esa ciudad se castigaba primero con un mes de cárcel si era tu primera vez, 10 latigazos en público si es la segunda y si era la tercera vez te cortaban las manos directamente, pero en cuanto vi el anillo que lucía ese hombre empecé a desear que me hubieran atrapado mis perseguidores, el anillo era un sello de hierro del cual salía un diminuto pincho de oro, ese era el símbolo de que pertenecían a la cofradía de la vieja rata. Al lado del hombre que me dio el tirón había otro hombre muy delgaducho, ya los tenia vistos de antes eran los “Siameses” no, no eran gemelos siameses ni nada parecido de echo eran como la noche y el día, el uno era tremendamente inmenso, si fuera grande diría que era grande este era “tremendamente inmenso” el típico armario que tala arboles a puñetazos, si alguien fuera capaz de algo así, la vieja rata le corto la lengua hace tiempo por ver algo que no debía haber visto, el otro sin embargo era bastante delgaducho y chiquitajo tenía una nariz muy larga, un cuerpo huesudo y hablaba condenadamente rápido en ocasiones a uno le costaba entender lo que decía, estos eran los “recaudadores de impuestos” y hombres de confianza de la vieja rata, también los solía utilizar para hacer circular los trabajos que ofrecía la cofradía, siempre iban los dos juntos así que se habían ganado el sobrenombre de “Los Siameses”, lo admito, en esta ciudad no hay nadie lo que se dice original para los apodos.

El más pequeño de los dos se me acerco con una sonrisa malévola, por lo visto la vieja rata quería verme lo cual nunca hace gracia pero bueno, visto que hoy no estaba la cosa como para pasearse por las calles si me ofrecía algún trabajo mínimamente interesante podría aceptarlo y con su recompensa podría al menos pasar tranquilo unos cuantos días, al menos hasta que se olvidaran un poco de mi en la ciudad.

Al cabo de un rato, más que nada por seguridad salimos de aquella casa y me llevaron hasta la guarida de la cofradía, la entrada a dicha guarida estaba escondida detrás de la chimenea de una gran habitación del burdel más lujoso de la ciudad la cual para que te dejen usar dicha habitación aparte de tener que pagar una gran suma de dinero la mandamás debía conocerte bien, vamos ser uno de sus clientes más selectos Aparte de sus negocios dudosos la cofradía poseía algunos cuantos negocios menos dudosos o como mínimo menos peor vistos por la gente.

Tras abrir el pasadizo bajamos por unas escaleras de caracol, descendimos durante un buen rato, el escondite de la cofradía estaba muy por debajo del suelo, entre las vueltas que daban las escaleras y el olor que emanaba de abajo, mezcla de inciensos, algunas plantas de esas de por qué coño no me siento la cara y el hecho de que al estar bajo tierra no había ni una jodida ventana me sentía muy mareado, una vez llegamos abajo del todo y recorrimos un corto pasillo vi el típico gorila custodiando una pequeña puerta, a la que vio a mis acompañantes les pregunto

-que les trae al templo- el pequeñajo se acerco y le contesto -la paz que proporcionan sus claustros- y dicho esto el gorila abrió la puerta, una curiosa contraseña la que habían elegido esa semana, por seguridad cambiaban la contraseña cada semana y no siempre el mismo día, aunque sin duda era mejor que la anterior contraseña, el gorila preguntaba quién va y tenias que responder la reina de las flores...

Nada más entrar nos encontramos en una pequeña sala de la cual habían otras 3 puertas, en el medio de la sala habían 4 hombres jugando a los dados sobre una mesa uno de ellos se me acerco y me ordeno que le diera mis armas así que lentamente me despoje de mi espada corta, la daga que llevaba en la parte de atrás del cinto, el cuchillo que escondía en la bota y unos pocos cuchillos lanzables que uso cuando la situación lo requiere, una vez entregadas todas mis armas el hombre entro por la puerta de la derecha y las dejo ahí y acto seguido volvió a su partida sin ni siquiera mediar palabra con los Siameses, me guiaron por la puerta central que comunicaba esta vez con una gran sala llena de muñecos de madera con unos círculos pintados en las partes vitales a modo de diana los cuales servían de entrenamiento para sus miembros y más adelante un pequeño círculo donde unos simples críos luchaban con unas espadas y dagas de madera, la vieja rata los entrenaba bien desde jóvenes después de esa sala llegamos a otra, esta también estaba llena de muñecos de madera pero esta vez en vez de círculos pintados llevaban unos cinturones con unas bolsas atadas al lado de unos cascabeles, estos se usaban para entrenar en las artes del carterismo, la cosa era sencilla tenias que coger la bolsa sin que sonaran los cascabeles, en la cabeza de los muñecos habían escritos unos números del 1 al 12 que representaba el nivel de dificultad de cada muñeco, hacia algún tiempo pague a la vieja rata para poder usar sus salas de entrenamiento para mejorar mis habilidades, si, el tío sabia sacar dinero hasta de debajo de las piedras dejando que por unas cuantas monedas los rateros que conocía podían usar sus instalaciones para instruirse, recuerdo el tiempo que pase en esa sala, me costó pero logre afanar la bolsa del muñeco del nivel de dificultad 8, con eso juzgue que era suficiente para estas calles, aparte cuanto mejor entrenamiento te proporcionaban más caro era y como ya he dicho antes el dinero no crece de los arboles, pasamos unas cuantas salas de entrenamiento y tras bajar por unas cortas escaleras llegamos a una gran sala, en dicha sala habían un montón de cojines enormes en el suelo y a unos cuantos hombres y mujeres tumbados fumando de unas pipas de las cuales salía un extraño humo violeta, conocía a algunos de los rostros de la gente que había en esa sala, sin querer solté en voz alta

-¡anda!, las trabajadoras de la casa de arriba han dejado a sus hijos en la guardería-

por suerte para mi estaban demasiado colocados como para percatarse de mi comentario, de hecho dudo que ni siquiera se hubieran percatado de mi presencia allí, tan solo estar ahí el humo podría haber dejado KO a cualquiera si no fuera por unas mascarillas que nos proporciono un hombre a la entrada de la sala, una vez puesta la mascarilla podía respirar sin notar siquiera el olor de esas hierbas, desde luego a la vieja rata no le interesaba que sus guardias se colocaran con el ambiente de esa sala e hizo encantar unas mascaras para que estuvieras donde estuvieras lo que respiraras sea solo aire, al fondo de la sala había unas escaleras que daban a un balcón y en el balcón otros dos guardias, subimos las escaleras y el chiquitajo le dijo a uno de los guardias que tenían que hablar con Zegal para traerme ante él, el guardia saco una llave que llevaba atada a un collar que llevaba al cuello y con ella abrió la puerta, tras atravesarla llegamos a una pequeña habitación donde habían otros dos guardias custodiando otra puerta y se repitió lo mismo que en la anterior, habían 14 puertas en total con dos guardias por puerta, cada par de guardias poseían la llave que abría la puerta que custodiaban y solo esa, la ultima llave, la que daba a los aposentos solo la tenía la propia vieja rata, cuando llegamos a la ultima puerta el grandullón llamo con tres fuertes golpes y el chiquitajo chillo

-traemos a Tenan tal y como ordeno, mi señor- la puerta se abrió lentamente y nos encontramos a una mujer muy atractiva de gran exuberancia con una larga melena color ébano atada con un coletero de plata en una coleta alta, vestía una muy fina túnica de color verde que transparentaba muchísimo permitiendo ver todos sus encantos y sus hermosas curvas, la cual fue diseñada expresamente para que incluso el hombre más casto se volviera loco de deseo, con un cinturón plateado que más que para sujetar era más bien un adorno que servía para ceñir la túnica a su impresionante cuerpo, la mujer miro a los Siameses y luego me miro a mi y me lanzo una hermosa sonrisa la cual me hubiera derretido si no fuera porque al encontrarse nuestras miradas vi en sus ojos el más absoluto vacio, seguramente había abusado tanto de las drogas que había perdido por completo la noción de quien era o que hacia allí, tan solo sonreía y obedecía todos los caprichos de su amo, esa maldita rata. Nos encontrábamos esta vez en una sala llena de cojines y colchones de plumas y tumbados sobre ellos mujeres, jóvenes muchachos y chiquillas desnudas, drogadas, borrachas o en proceso, estos eran los aposentos y harén privados del jefe de la cofradía, al fondo de esa sala sentado en un trono estaba la vieja rata, vestía con unas lujosas ropas de seda y terciopelo de color amarillo y oro viejo e iba ataviado con muchas joyas, ostentosos anillos en los dedos de las manos y los pies, brazaletes de oro, collares que lucían grandes medallones y gemas preciosas y unos enormes pendientes de aro de oro que lucía en las orejas, en el centro del labio superior tenía un corte a través del cual se podían ver sus incisivos de oro lo cual le daba el aspecto de rata del cual salía el sobrenombre de “rata”, como he dicho antes no somos muy originales para los apodos en esta ciudad.

Me acerque al trono despacio e incline la cabeza levemente a modo de reverencia, convenía ser respetuoso con el si querías que la cabeza continuara pegada a tu cuerpo, la vieja rata me miro y sonrió maliciosamente -mmm si tenemos aquí al joven ratero Tenan, he oído que últimamente no has conseguido un botín lo que se dice apropiado a tus gustos- dijo mientras sonreía, argg me hubiera encantado saltar a su cuello y cortarle la cabeza en ese momento, cosa que no hubiera sido para nada recomendable, en vez de eso metí las manos en mis bolsillos y le conteste -al grano Zegal, ¿me has llamado para ofrecerme algún trabajo no?, te escucho- convenía ser cortes, pero no soy ni un pelota ni un gilipoyas ni mucho menos quería que estuviese encantado de iniciar una charla conmigo, la vieja rata soltó una carcajada -tan encantador como siempre Tenan, sí, tengo un trabajo para ti, eres un buen ratero y para este trabajo necesitaría a alguien de fuera de la cofradía, aparte de que entre todos los rateros que hay en esta ciudad eres el único que nunca se ha dejado comprar con ningún lujo, eres como diría... un gato callejero rodeado de ratones, por eso si te encargo este trabajo a ti se que lo cumplirás a rajatabla-

eso ya me dejo muerto, supongo que debía tomarme sus palabras como un cumplido pero me sorprendió cuando dijo que preferiría usar a alguien de fuera de la cofradía, cuando se de sobras que dentro de esta hay gente mucho más hábil que yo, algo mas había en todo esto sin duda -¿y bien? ¿cuanto ofreces por el trabajo?- en este mundo, al contrario que con los trabajos que ofrecían nobles de baja casta, petimetres o gente de cual procedencia o identidad no convenía saber, el contratante ofrecía un dinero base para despertar la atención del contratado y después de la explicación del trabajo se regateaba si se veía conveniente, con el dinero inicial se llamaba la atención y servía para mostrar el tipo de trabajo y la peligrosidad que traía consigo y con el regateo servía tanto como para fijar el precio final como para mostrar si eras lo suficientemente vivo como para poder cumplir con el objetivo, evidentemente el contratante tenía un precio máximo así que tampoco convenía pedir más de lo que debías, nunca conviene mostrar demasiada codicia o podías perder el trabajo -50 monedas de oro por un trabajo bien fino, nadie debe verte y en el caso de que así fuera deberías ser letal y rápido a la hora de deshacerte del cadáver, cosa que por el aprecio que te tengo espero que no tengas que llegar a hacer- eso ya me mato, ¡¡¡50 piezas de oro!!! en mi vida nunca había visto esa cantidad de dinero en una bolsa, normalmente por un trabajo ofrecían máximo unas 90 monedas de cobre, los trabajos más peligrosos ya se pagaban con hasta 8 monedas de plata, pero 50 de oro era ya una cantidad de dinero brutal, con semejante dinero no tendría que preocuparme por nada durante bastantes meses, evidentemente se trataba de algo jodidamente peligroso, algo de lo que debería negarme pero estaba claro por las maneras que me trajo hasta allí que no me quedaba otra que aceptar así que simplemente asentí esperando a escuchar de que se trataba, la vieja rata saco entonces un trozo de cuero enrollado de su túnica y se lo tendió a un muchacho que estaba sentado a su lado el cual tras cogerlo se levanto y me lo dio

–a dos horas de la puerta este de la ciudad en dirección nordeste encontraras un rio, remóntalo y llegaras hasta un pequeño salto de agua, atraviesa el rio, no te preocupes no es demasiado acaudalado, podrás cruzar sin problemas, sigue recto y a los pocos metros encontraras una cueva, dentro de la cueva si buscas bien encontraras una entrada oculta dentro de la cueva, tu misión es simplemente hacer un mapa de lo que encontraras al atravesar dicha entrada, no toques nada de ahí simplemente limítate a hacer un mapa exacto del lugar y anota todo lo que hay allí, no escatimes en detalles de lo que encuentres, si hay una mesa con un plato y en el plato 4 guisantes quiero que lo anotes-

un mapa, el trabajo trataba de hacer un mapa, ahí había gato encerrado seguro, quizás me enviaba a alguna guarida de bandidos que le estaban haciendo la competencia o algo por el estilo, pero en el caso de que así fuera tan solo tendría que enviar a unos cuantos de sus hombres a matarlos a todos y traerle sus tesoros, no, aquí había algo mas, pero estaba bastante claro que no le sacaría mucho mas aparte de que no me quedaba otra que aceptarlo, me rasque la barbilla, gesto que solía hacer inconscientemente siempre que me comía la cabeza -y porque me ofreces este trabajo a mí, se de sobras que dentro de la cofradía tienes expertos en espionaje que pueden entrar ahí y te saldría mucho más barato- la vieja rata simplemente contesto esta vez con más seriedad -cierto es que dispongo de gente capaz de entrar y salir de cualquier sitio sin ser vistos pero sin duda eres tu el más indicado al fin y al cabo se de buena tinta que tendrás las manos quietas de encontrar algo que brille no te lanzaras a por ello como un cuervo, aparte de que tienes tu leyenda, eres el único ratero de esta ciudad que paso de la primera pena por robo a la tercera saltándote los latigazos- ahí ya me mato del todo, nunca le conté a nadie lo que ocurrió la vez que me atraparon -y otra cosa, en el caso de que encuentres alguna trampa ahí dentro no la desactives, evítala, asegúrate bien de que nadie sepa que has estado ahí- dicho esto guarde el trozo de cuero en la bolsa que llevaba unida al cinturón donde solía guardar las ganzúas y otras herramientas y con otra leve inclinación de cabeza me gire y me fui de allí, los Siameses me escoltaron hasta la sala donde me requisaron mis armas, y a una señal me devolvieron todas mis pertenencias, tras asegurarme bien de que esas armas fueran las mías y no me las hayan cambiado por algún otras armas de peor calidad me fui de ahí, suelo ser muy cuidadoso con mis armas, digamos que les tengo un cariño especial, justo antes de salir de la cofradía el grandullón de los Siameses me tendió un pequeño frasco con un liquido violeta, el pequeñajo se acerco a mi oído y susurro -esto es una poción de invisibilidad menor, si te la tomas serás completamente invisible durante 15 segundos, ten cuidado si te lo tienes que tomar ya que mientras el efecto dure al igual que nadie podrá verte tu no podrás distinguir apenas lo que hay a tu alrededor, estas pociones siempre tienen un efecto secundario-

por una parte era una ayuda esa poción, pero joder ya que tienen buenos alquimistas podrían haberme dado una poción de invisibilidad de una calidad mayor, la última vez que tome una poción de esas era de grado medio y pude volverme invisible durante 3 minutos eso si lo único que veía eran formas simples mientras me duro el efecto pero en fin, menos da una piedra -otra cosa ¿como lograste pasar de la primera condena a la tercera? Nunca había oído algo así- visto que ya lo sabía la vieja rata ya no me importaba que se sepa o no, de hecho nunca me llego a importar demasiado, solo que suelo mantener mis asuntos propios solo para mí -a la tercera noche que me apresaron, me fugue de la prisión- y dicho esto me gire y me fui de allí, sigo pensando que me hubiera gustado ver el rostro de los Siameses en ese momento, pero sin la mascarilla el olor de ese sitio me estaba volviendo loco, nada más salir del burdel saque un pequeño saquillo de mi bolsa y lo abrí para echarle un vistazo, dentro habían 15 monedas de cobre, la bolsa pertenecía al grandullón de los Siameses, un pequeño pago por el estirón que me había dado cuando me los encontré, me hubiera bastado con una simple señal y encantado me hubiera metido en esa casa para huir del gentío que me perseguía, como matones y chantajistas eran buenos pero eran el objetivo más fácil que me podía encontrar, además ya se dice que si consigues robarle su saquillo a uno de la cofradía el saquillo era tuyo, en fin al menos había solucionado el tema del desayuno.

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